22.11.09



'Puta' me parece una palabra preciosa y desde que te conozco he podido decirla más seguido.
¡Muchas gracias!


19.11.09

2012. Para unos, será un año catastrófico y cabalístico. Para los integrantes de Recolectivo es sólo un pretexto para lanzar su primer proyecto editorial: Diarios del fin del mundo.



Sus autores trabajaron en veinte cuentos cortos bajo la misma premisa: narrar el fin del mundo desde diferentes perspectivas y estilos.

El resultado salió a la luz en noviembre de 2009, te invitamos a conocerlo.

30.10.09

Mil



No. No creo que alguna vez acertemos. No. Ya no creo en ti.


22.10.09


La cifra que muestras es bella, inútil, trágica y profundamente inquietante: poética en resumen, asquerosamente poética.

- Tres pesos con dos centavos.

Guardo el comprobante que imprimiste velozmente porque no quiero que nadie lo vea y sepa. En realidad nadie puede verlo y saber, sólo yo, pero esto es algo que ni yo quiero ver y saber. Escupes mi tarjeta altaneramente, como burlándote de mi situación, entonces entiendo qué es lo que sucede. ¡Esto es una broma! Tus circuitos se cruzaron y andas jugando conmigo porque es viernes, viernes por la noche, viernes de quincena y te has aburrido de que todos vengan a manosearte y pedirte dinero. Está bien, te admitiré tu malintencionada burla, pero volveré a meter la tarjeta y ahora sí mostrarás mi saldo real, ¿va?

- Tres pesos con dos centavos.

¡Nonono! No imprimas ese comprobante de nuevo. ¡No quiero verlo! Quita esa cifra asquerosa de la pantalla que hay gente haciendo fila y se pueden dar cuenta. Es que no, esto no puede ser cierto. Esto no puede estar pasando. ¿Qué hago? ¡¿Qué hago?! Ya sé, fingiré que me has dado dinero, pretenderé guardarlo en la cartera, quitaré mi cara de sorpresa, saldré y caminaré con toda la calma del mundo al cajero que está doblando la esquina: él sí me dará mi saldo verdadero.

- Tres pesos con dos centavos.

Repito: esto no es posible. Había escuchado rumores de intrigas laborales, traiciones y despidos masivos pero jamás pensé que yo sería una de las víctimas de este juego. Me sacaron de nómina. Me des-pi-die-ron sin aviso alguno. Me dejaron en la calle sin darme la oportunidad de despedirme. ¿Por qué nadie me avisó? ¿No se supone que existe un departamento de Recursos Humanos responsable de notificarme cuando mis intereses y los de la empresa dejan de ser los mismos? ¿No se supone que debo firmar algo, recibir unos cheques a cambio y empezar a buscar trabajo con la seguridad de un apoyo llamado liquidación? ¿No existe una ley de trabajo que me proteja contra estas violaciones? Ah, olvido a veces en qué país vivo...

No sé qué voy a hacer. Tengo tres pesos con dos centavos en el banco y cinco pesos en la cartera. Tengo deudas y pagos que hacer a la tarjeta de crédito. Tengo fiestas y eventos sociales importantísimos. Tengo una graduación a la que asistir - ¡la mía! - en diciembre. Tengo compromisos innegables. Tengo un estilo de vida que mantener. Tengo que comprar la quinta temporada de House y Grey's Anatomy. Tengo... ¡nada! De haber sabido que ya desempleado no habría gastado mis últimos trescientos pesos en gasolina, de cualquier manera no he de moverme a ninguna parte ya. Habría invertido ese dinero en algo mucho más importante y vital para sobrevivir esta situación: ¡alcohol! Pero no. No tengo dinero ni para emborracharme y negar mi recién descubierta pobreza. Ser despedido es una cosa, pero que se me niegue el derecho a comprar de menos una cerveza es completa crueldad.

Cuando me volteó dispuesto a salir del cajero maligno puedo ver mi reflejo en la puerta de éste y en mi mente repito una frase de Xavier Velasco que en algún momento me pareció lejana y graciosa:

- Qué asco: un nuevo pobre.

Y sí, me doy asco. Ser nuevo rico es un pecado de mal gusto que debería ser penado con cárcel, pero ser nuevo pobre es un asunto de salubridad y debe ser penado con la muerte. Es que la pobreza invade, penetra, se expande, pudre y apesta a todo aquello que toca. Nadie quiere acercarse a ella, nadie quiere tocarla o convivir con ella. La pobreza es la peor de las pestes. Y yo prefiero morir a ser pobre, nuevo pobre.

Me niego a vender mis libros, mis discos, mis películas, mis series, mi carro, mi computadora, mi iPod, mi teléfono y todas aquellas pertenencias mías que le gritaban a los demás "vivo mejor que tú". Me niego a mudarme a una casa del INFONAVIT o rentar un departamente en El Sauz. No quiero empezar a comprar mi ropa en Soriana, o peor aún, ¡en Medrano! No quiero tener que trabajar en Chili's y depender de las propinas para pagar la renta y comer atún enlatado con sopa de pasta todos los días. ¡No!

Esto es el fin. Adiós al chai del Black Coffee por las mañanas. Adiós a los vodka tonics. Adiós a las fiestas legendarias. Adiós a comer y cenar fuera de casa. Adiós a mi colección de zapatos. Adiós a esa chamarra que vi el otro día en Hugo Boss. Adiós a los cortes de cabello de 200 pesos. Adiós a las visitas semanales a Mixup. Adiós a Blockbuster. Adiós a moverme en automovil por la ciudad. Adiós a las compras navideñas. Adiós a todos los lujos. Adiós a toda mi vida. Y adiós, seguramente, a todos mis amigos que seguramente dejarán de llamarme o voltearán la mirada y se cambiarán de acera cuando me vean por la calle. Bueno, no. Mis amigos no me dejarán, pero sólo porque ellos son más pobre que yo... ¡No! ¡¡Tendré que vivir como lo hacen mis amigos!!

En el poco tiempo que llevo adentro de este cajero he planeado mi suicidio, pero no puedo llevarlo a cabo. En este mundo capitalista hasta para morir se requiere dinero: no puedo comprar una pistola, ni pastillas para dormir, no pienso cortarme las venas y me aventaría del décimo piso de algún edificio pero para mi suerte no moriré y terminaré con una pila de deudas al hospital... Si alguno de ustedes, mientras maneja felizmente por la ciudad, me ve caminando por la calle atropélleme por favor; en verdad sería un acto piadoso. Sólo intenten no hacerlo por en frente, para que no pueda verme reflejado en su parabrisas, no quiero morir suspirando aquella frase:

- Qué asco: un nuevo pobre.


20.10.09

En mi familia fui el primer hijo, primer nieto, primer sobrino y después primer primo. En resumen, fui uno de esos niños mimados que tenían la atención de todos con sólo abrir la boca; por supuesto, siempre y cuando no hubiese partido de futbol. Crecí odiando el balompié porque me robaba los reflectores por noventa minutos a la semana. Sobra decir que jamás jugué futbol, nunca he visto un partido por televisión y las únicas veces que me paré en un estadio le di la espalda a la cancha y me dediqué a observar la fauna que va y descarga frustraciones gritándole a veintidós monigotes que quiénsabequé hacen.

Hijo de hippies Montessori crecí sin muchas restricciones y con bastantes libertades. La única regla que se me impuso durante la infancia fue jamás ver la televisión. Naturalmente me incliné a acabar con la única prohibición que se me dio y al poco tiempo derroqué la dictadura contra la caja boba, agarré el control remoto y tal vez nunca lo solté. Hasta la fecha sigo imaginando con emoción que infrinjo alguna ley doméstica al comprar al por mayor series de televisión en DVD. Mis deudas con Mixup y Blockbuster son quizás la mayor prueba de mis enormes problemas con la autoridad.

La lectura fue uno de los grandes hábitos que adquirí desde niño. Como mis familiares no sabían qué hacer conmigo se pusieron a leerme cuentos en cualquier rato libre. Cuando los cuentos se acabaron, pasé a escuchar pequeñas novelas de exploradores, campistas y animales, de esas que vienen al final de los compilados de Reader’s Digest. Como resultado, aprendí a leer y escribir a los cinco años y terminé mi primera novela, Miguel Strogoff, poco después de entrar a la primaria. Por supuesto que las lecciones escolares para aprender a juntar consonantes y vocales para formar mi-mamá-me-mima me resultaban aburridísimas, pero compensaba mis conocimientos del lenguaje con mis nulas actividades recortando, pegando, pintando, moldeando plastilina o haciendo básicamente cualquier otra cosa.

Por cierto, nunca cursé primer grado de kínder por una simple razón: mi madre olvidó inscribirme. Ella argumenta que sí recordó pero no le pareció necesario porque la estábamos pasando tan bien sin maestros. Yo sigo pensando que de no ser por la vecina metiche que alguna vez preguntó si no estaba ya muy grande para quedarme todo el día en casa yo ahora no conocería los beneficios de la SEP. Debo decir que algo parecido pasó en la primaria, aunque mi madre sí recordó que debía inscribirme no logró decidir en qué escuela debía meterme a tiempo y otra vecina metiche tuvo que entrar en escena, mover influencias y darme pase de entrada a la escuela.

Aunque, la verdad, la educación más importante me la dio mi familia: De mi abuela aprendí a usar los veinticinco cubiertos que se ponen en la mesa y a convertir la impuntualidad en un molesto hábito. De mi abuelo tomé el carácter perseverante que muy seguido se confunde con obstinación y también aprendí a nunca darle la espalda a un borrego. Todos mis tíos me enseñaron con el ejemplo las múltiples bondades del chisme y que el máximo cariño que puedes expresar a tus hermanos es un sonriente “chinga tu madre”. De mis padres aprendí que la sinceridad es la mejor forma de comunicación. También debí aprender algunas cosas sobre compromiso y cómo mantener exitosas relaciones maritales, pero claramente falté a esa clase: soy soltero y existen infecciones urinarias que duran más que yo en una relación.

Ah, y casi me vuelvo vegetariano cuando a los 9 años mientras veraneaba por los ranchos autóctonos de mis abuelos se me ocurrió hacer amistad con un chivo que paseaba libre por el patio trasero de la casa. Nuestra relación se vio interrumpida por el regreso a clases en septiembre y sólo lo vi en noviembre, cuando mis abuelos regresaron a la ciudad con una deliciosa birria. Mi abuela creyó que sería gracioso contarme a media comida que yo estaba degustando con tanto placer al compañero de mis vacaciones... Necesité tres años de terapia para superarlo.


 
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