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En mi familia fui el primer hijo, primer nieto, primer sobrino y después primer primo. En resumen, fui uno de esos niños mimados que tenían la atención de todos con sólo abrir la boca; por supuesto, siempre y cuando no hubiese partido de futbol. Crecí odiando el balompié porque me robaba los reflectores por noventa minutos a la semana. Sobra decir que jamás jugué futbol, nunca he visto un partido por televisión y las únicas veces que me paré en un estadio le di la espalda a la cancha y me dediqué a observar la fauna que va y descarga frustraciones gritándole a veintidós monigotes que quiénsabequé hacen.
Hijo de hippies Montessori crecí sin muchas restricciones y con bastantes libertades. La única regla que se me impuso durante la infancia fue jamás ver la televisión. Naturalmente me incliné a acabar con la única prohibición que se me dio y al poco tiempo derroqué la dictadura contra la caja boba, agarré el control remoto y tal vez nunca lo solté. Hasta la fecha sigo imaginando con emoción que infrinjo alguna ley doméstica al comprar al por mayor series de televisión en DVD. Mis deudas con Mixup y Blockbuster son quizás la mayor prueba de mis enormes problemas con la autoridad.
La lectura fue uno de los grandes hábitos que adquirí desde niño. Como mis familiares no sabían qué hacer conmigo se pusieron a leerme cuentos en cualquier rato libre. Cuando los cuentos se acabaron, pasé a escuchar pequeñas novelas de exploradores, campistas y animales, de esas que vienen al final de los compilados de Reader’s Digest. Como resultado, aprendí a leer y escribir a los cinco años y terminé mi primera novela, Miguel Strogoff, poco después de entrar a la primaria. Por supuesto que las lecciones escolares para aprender a juntar consonantes y vocales para formar mi-mamá-me-mima me resultaban aburridísimas, pero compensaba mis conocimientos del lenguaje con mis nulas actividades recortando, pegando, pintando, moldeando plastilina o haciendo básicamente cualquier otra cosa.
Por cierto, nunca cursé primer grado de kínder por una simple razón: mi madre olvidó inscribirme. Ella argumenta que sí recordó pero no le pareció necesario porque la estábamos pasando tan bien sin maestros. Yo sigo pensando que de no ser por la vecina metiche que alguna vez preguntó si no estaba ya muy grande para quedarme todo el día en casa yo ahora no conocería los beneficios de la SEP. Debo decir que algo parecido pasó en la primaria, aunque mi madre sí recordó que debía inscribirme no logró decidir en qué escuela debía meterme a tiempo y otra vecina metiche tuvo que entrar en escena, mover influencias y darme pase de entrada a la escuela.
Aunque, la verdad, la educación más importante me la dio mi familia: De mi abuela aprendí a usar los veinticinco cubiertos que se ponen en la mesa y a convertir la impuntualidad en un molesto hábito. De mi abuelo tomé el carácter perseverante que muy seguido se confunde con obstinación y también aprendí a nunca darle la espalda a un borrego. Todos mis tíos me enseñaron con el ejemplo las múltiples bondades del chisme y que el máximo cariño que puedes expresar a tus hermanos es un sonriente “chinga tu madre”. De mis padres aprendí que la sinceridad es la mejor forma de comunicación. También debí aprender algunas cosas sobre compromiso y cómo mantener exitosas relaciones maritales, pero claramente falté a esa clase: soy soltero y existen infecciones urinarias que duran más que yo en una relación.
Ah, y casi me vuelvo vegetariano cuando a los 9 años mientras veraneaba por los ranchos autóctonos de mis abuelos se me ocurrió hacer amistad con un chivo que paseaba libre por el patio trasero de la casa. Nuestra relación se vio interrumpida por el regreso a clases en septiembre y sólo lo vi en noviembre, cuando mis abuelos regresaron a la ciudad con una deliciosa birria. Mi abuela creyó que sería gracioso contarme a media comida que yo estaba degustando con tanto placer al compañero de mis vacaciones... Necesité tres años de terapia para superarlo.

