23.1.12


Día 26: Una canción que puedas tocar en algún instrumento

El problema, mis queridísimos (dos) lectores, es que tengo un talento musical limitado. Y con limitado quiero decir, por supuesto, nulo; no sé de cuerdas, ni vientos, ni teclas, ni notas menores, ni mayores, ni acordes, ni nada. Ni de panderos ni triángulos, para dejar todo claro.

Alguna vez, hace como quince años, pensé que sería divertido inscribirme a las clases de guitarra que se ofrecían en la parroquia de la colonia. Mis padres, horrorizados ante mi falta de psicomotricidad fina y gruesa y cualquiera que exista me compraron una guitarra y me enviaron por aproximadamente cuatro semanas a que un veinteañero de uña larga y cabello hasta los hombros me enseñara las notas básicas de Tears in Heaven y Como quien pierde una estrella. (Cuenten, por favor, cuántas cosas en este párrafo están tan mal como para vivir terapia por cuatro años. Y esperen, se pone peor.)

Después de un mes de sesiones sabatinas yo juraba ir por buen camino en eso de la guitarra; en un abrir y cerrar de ojos, sería parte del mariachi que acompañaba a Alejandro Fernández en sus giras o iniciaría una banda de rock que hiciera covers de Selena y Camilo Sesto. (Ajá, sigan sumando años en el diván.) Pues no. Por lo visto, ni mi maestro ni mi padre tenían el oído suficientemente refinado para apreciar mi habilidad en las cuerdas. Los muy ignorantes jamás entendieron que mis interpretaciones no eran torpes, sino conceptuales.

– Es que es zurdo. – Dijo mi padre para quien, en aquel entonces, esa era la razón de todos mis problemas.

– Ah, entonces si le cambiamos el orden de las cuerdas tal vez sea más sencillo. Replicó el instructor para convencer a mi padre de pagar otra mensualidad que seguro gastó en boletos para Fernando Delgadillo.

Pues no. ¡Claro que no fue más sencillo! Me voltearon las cuerdas, me hicieron apoyar la guitarra en otra pierna y me jodieron el talento para siempre. Yo ya había aprendido a tocar como el resto de los alumnos que ahora me veían (más) raro y, para alguien que aún sufre cuando tiene que atarse los zapatos, el cambio fue fatal. Nunca pude volver a tocar y así terminaron mis sueños de ser una estrella de rock con estadios abarrotados de fans coreando una versión oscura y visceral de El chico del apartamento 512. (Cuando llegamos a esto, mi terapeuta se rindió y me refirió con un psiquiatra.)

Olvídense de la raza, el género y el nivel socioeconómico: los zurdos somos la minoría más maltratada de este mundo. Claro, se nos considera generalmente más inteligentes, pero ese consuelo suena igualito a "los negros son bueníiiisimos en los deportes". La realidad de los zurdos es que, en promedio, moriremos diez años antes que los diestros, tenemos más posibilidades de sufrir accidentes automovilísticos, la puntería no es lo nuestro y por ninguna razón se nos debe permitir operar una sierra eléctrica. También debemos vivir chocando codos con el vecino diestro a la hora de la comida, torciendo todo el cuerpo para poder escribir en las butacas escolares y soportando idiotas que dan vuelta a la izquierda cuando dices que vayan a la derecha porque "¿qué no es esa tu derecha?"

Por supuesto, los derechos civiles nos han llegado en mayor o menor medida: Ahora ya no nos amarran la mano izquierda para que aprendamos a escribir como los verdaderos hijos de Dios y la frase "zurdo malhecho, dame a tu hermana y te hago derecho" ha sido prohibida por recomendación de la ONU en 175 países. Sin embargo, seguimos siendo presas de una exclusión social acentuada por la mercadotecnia.

Las nuevas generaciones de zurdos tienen, además de butacas especiales y guitarras con cuerdas al revés, toda una gama de productos supuestamente diseñados para hacerles la vida más sencilla: tijeras, cubiertos, cuadernos, juegos de geometría, sacacorchos (porque ser zurdo te dará muchas razones para beber), plumas, sacapuntas, teclados de computadora y relojes de mano y pared; todo al revés, todo pensado para hacer más cómoda nuestra discapacidad. Yo, que vivía con terror del momento en que la maestra dijera "vamos a recortar" y que hasta la fecha quedo con manchas de tinta en el dorso de mi mano cuando escribo, puedo entender las tijeras especiales y las plumas de secado rápido; si me agarran de buenas, admito incluso el uso de la butaca volteada, pero... ¿Un reloj que corre sus manecillas al lado contrario? ¿Un teclado al revés? ¡¿Una regla para zurdos?! ¡Si nos descuidamos nos harán usar baños separados y nos relegarán a la parte trasera de los autobuses!

Basta. Los zurdos necesitamos una Rosa Parks, un Harvey Milk o de menos un Ché Guevara que nos libere de la opresión diestra. Y yo podría serlo, pero mañana tengo un desayuno y voy muy atrasado en mis temporadas de Grey's Anatomy. Mi colaboración al Movimiento Internacional por la Dignificación de la Mano Izquierda es este post y nada más. Entonces, si ustedes, mis queridos (dos) lectores, tienen un hijo zurdo, no le cambien las cuerdas de la guitarra.

Porque batallar por dominar una actividad adversa le dará persistencia, su mano manchada de tinta le enseñará que todo logro en la vida viene con un pequeño desastre y eventualmente aprenderá a usar cualquier cubierto y sentarse en las cabeceras de un comedor para no lidiar con codos indeseados. Seguro tendrá problemas estacionándose y chocará, por lo menos una vez, el carro al dar una vuelta o querer pisar el freno con el pie equivocado, pero no será nada grave. Y por-su-pues-to que sabrá leer un reloj normal y usar el teclado de cualquier computadora. Si no es pendejo, ¿qué no leíste que probablemente sea más inteligente que tú? Y bueno, aquello de la sierras eléctricas sólo quiere decir que nunca se convertirá en un asesino serial por más que lo desee, ¿qué tan malo puede ser eso?

Así que sé un buen padre, no cedas ante la discriminación diestra y enséñale a tu hijo que ni las cuerdas de su guitarra ni el resto del mundo se adaptarán a él y que las cosas buenas de la vida cuestan trabajo. Quién sabe, igual y mañana tendrás una estrella de rock. (Pero eso sí, cuéntale que Selena no es la novia de Justin Bieber, que no necesitamos un cover de I love you like a love song.)




Ah, entre tanta política casi olvidaba: Tengo un primo que vive en Los Angeles cuyos talentos son sólo superados por su paciencia y a través de los años ha intentado enseñarme a jugar Mario Bross, invertir en la Bolsa de Valores, ganar una partida de ajedrez y aprender una canción en el teclado eléctrico que mis padres me regalaron (para burlarse, seguramente). Fracasó en todo, menos lo último. Después de tres días, aprendí a malinterpretar el Himno a la Alegría gracias a un método (muy ofensivo) que consistía en pegar etiquetas con el abecedario en cada una de las teclas y seguir una detalladísima hoja de instrucciones. Por supuesto, mi talento se fue al piso cuando extravié la dichosa hoja con letras; pero no le cuenten a mi primo, que ha sido el único momento de orgullo que le he dado en la vida y hasta aplaudió cuando terminé la pieza. (Por cierto, mi primo es menor que yo. Me ha de gustar regresar a los recuerdos traumáticos; pásenme el Xanax, que me da un ataque.)


3 quieren ser Elvis:

Meryone dijo...

Mascota. Mascota, mascota, mascota.

Mi hermano (el que no lleva aclaración detrás) es zurdo, también. Algo falta por investigar ahí.

Mascota, mascota, mascota.

dayanna* dijo...

Ja, nada como reir contigo antes de dormir. Héctor mi hno tmb es zurdo.

Rox dijo...

¡Sabía que eras chueco! se te nota bien cabrón

Saludos

 
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