Día 23: Una canción para tocar en tu boda
Mis amigos de verdad ya deberían saber que soy intolerante a la felicidad ajena. Muy en el fondo sé que estoy rodeado de gente maravillosa e inteligente que se merece todo éxito y gracia en esta vida... pero detesto que me los compartan.
Díganme frío y anticuado pero creo firmemente que los logros y las glorias se deben padecer en privado, que la felicidad se debe ocultar a toda costa y que al hedor que llega con haber cumplido tus sueños uno le debería echar mucho desodorante (Dove Men Care Clean Comfort en aerosol, de preferencia). Porque eso de andar irradiando alegría con la vida es de pésimo gusto y presumir tus satisfacciones al resto de la humanidad es una falta a la moral. Y ya.
Entonces, queridos amigos, a mí no vengan a contarme de sus ascensos laborales, sus maratones corridos, sus maestrías terminadas, ni sus kilos perdidos. ¿No ven acaso que yo aborrezco mi trabajo, me ejercito levantando el control remoto, me esfuerzo por ser más ignorante cada día y colecciono todos los kilos que a ustedes se les caen? ¡Qué insensibilidad!
Y, por favor - ¡por-fa-vor! - en el remotísimo caso de que entablen una relación estable y funcional con una persona que los merezca de verdad, no vengan a restregarme sus mariposas en el estómago. Y no se extrañen si dejo de frecuentarlos. De nuevo, me alegra mucho su plenitud, pero prefiero alegrarme encerrado en mi casa, acariciando a mi perra, la única que jamás me abandonará (porque le puse un collar eléctrico que se descarga cada que corre hacia la puerta).
También sería un excelente gesto que no me obligaran a ir a su boda. Aunque si me quieren en la lista de asistentes esperen que vaya de completo luto, beba durante la misa e intente tirar a una de las madrinas de boda sobre el pastel. Y el único regalo que obtendrán de mi parte será una caja con 100 condones y una tarjeta que diga "un error en la vida es suficiente: no vayan a tener hijos". Porque las bodas son los eventos sociales más insufribles a los que uno puede ser invitado. Y ni crean que voy a poder disimular mi asco y no abuchearlos cuando avienten el liguero o el ramo y bailen... cualquier canción de Celine Dion.
A su divorcio, por otro lado, nunca duden en invitarme. Cuando descubran que su esposa se gastó sus ahorros para la casa de campo en un casino, cuando se den cuenta que el marido está enamorado de su "business partner" o cuando simplemente no le aguanten los pedos en la noche, ni el aliento por la mañana y se pregunten en qué cajón metieron su individualidad, asegúrense de llamarme. Seguro estaré presente, sentado en primera fila aplaudiendo con cada "te di los mejores (meses)años de mi vida", vitoreando durante la pelea por la custodía (porque claro que no hicieron caso a mi regalo de boda), cantando en coro con la repartición de bienes y organizando la quema de los objetos personales de su ex-quéchingadosestabapensando.
Porque lo mejor de cualquier matrimonio es su divorcio y, por puritita etiqueta, las desgracias se deben vivir en público para gozo ajeno de aquellos miserables amigos suyos que ya se fumaron sus ilusiones de felicidad sin decir nada.
And the license said you had to stick aroun until I was dead
But if you're tired of looking at my face, I guess I already am
Obviamente no espero casarme y no tengo planeada ninguna canción para mi ceremonia nupciales, pero tengo lista toda una lista de reproducción para los divorcios de mi amigos donde no podía faltar Liz Phair con su Divorce Song, sacada del alabadísimo y noventerísimo Exile in Guyville que a mí se me hace una fantástica oda al feminismo pornográfico, pero Rolling Stone dice que es de los mejores discos de todos los tiempos, ¡sabrá Dios!

2 quieren ser Elvis:
¿No ven acaso que yo aborrezco mi trabajo, me ejercito levantando el control remoto, me esfuerzo por ser más ignorante cada día y colecciono todos los kilos que a ustedes se les caen? ¡Qué insensibilidad!
MASCOTA, MASCOTA, MASCOTA!!
Que hermosa canción
¡Quiero todo el disco!, snif
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